martes, 13 de enero de 2015

El día de la verdad


Los seres humanos creemos conocer verdaderamente a las personas que nos rodean y con las cuales compartimos nuestras vidas; sin embargo existe una parte muy profunda y escondida de cada ser que solo se revela en algunos momentos bajo ciertas circunstancias y solo a algunas personas.

Muy bien sabemos todos que existen días malos, en donde las cosas no salen como esperamos; pero hay algunos días que son incluso peores que estos malos; y justamente uno de esos fue los que le toco vivir a un gran amigo que luego conocerán.

Mi intensión en este relato no es darles a conocer las desgracias de mi amigo, porque estaría traicionando su confianza; pero si de alguna manera quisiera compartir con ustedes algo de lo cual me fije y que me ha llevado a reflexionar y darme cuenta de algunas cosas, desde el día en el cual recibí su llamada.

“El día de la verdad” como solemos llamarlo nosotros mi amigo me llamó y con un tono un tanto misterioso y desesperado, me pidió que fuera hasta un lugar que en el mismo instante en el cual escuche la dirección mi curiosidad se despertó pues hacía referencia a uno de los sectores más alejados y humildes de la ciudad.

No es que mi amigo sea un hombre adinerado, sifrino o pretencioso pero si una persona que cuida su imagen, respetuoso y educado que muy poco tenía que ver (o eso era lo que yo creía) con ese tipo de ambientes a los cuales me había pedido que fuera por ayuda.

Una vez llegué al lugar, mi cabeza solo se preguntaba por qué mí amigo se encontraba en aquel sitio. Luego de recorrer unos cuantos pasillos y subir algunas escaleras encontré a mi amigo sentado sobre una caja de madera con una actitud  irreconocible.

La imagen que tengo de ese momento no se me borra de la cabeza. En aquel lugar encontré a un hombre que vestía como siempre con sus mejores trajes y sus característicos bastón y sombrero; pero esta vez no era el mismo, sentado sobre esa caja había un hombre afligido, temeroso, inseguro, con una mirada que descubría lo que estaba sintiendo; y que rodeado de un ambiente tan precario y con sus ropas algo manchadas me parecía imposible asumir que aquel era mi amigo alegre, positivo, amable y amante de la vida con el cual tenía tanto tiempo compartiendo.

Su mirada me impacto de una forma muy fuerte pues por allí dicen que los ojos son la ventana del alma pero fue hasta ese día que entendí por qué lo dicen.  Sus ojos gritaban por ayuda; en ellos se podía ver la inseguridad, el dolor, la vergüenza y temor que estaba sintiendo en ese momento. 

Una vez tuvimos la oportunidad de conversar sobre lo que había pasado fui entendiendo poco a poco las cosas y luego de muchos días pude darme cuenta que: nuestro refugio será siempre aquel lugar que nos haga sentir bien, no importa que tanto hayamos alcanzado en la vida nuestro corazón retorna a donde se siente bien y finalmente me di cuenta que vivimos cada día con la mejor intensión pero es tanto el ajetreo diario que olvidamos encontrarnos con nuestro ser más profundo y que son esos “días de la verdad” en los que logramos ver y demostrar cómo estamos por dentro a través de nuestras ventanas del alma; pero no debemos esperar hasta aquellos días terribles para reconocernos, valorar lo que tenemos en nuestra vida y tratar de ser mejores, pues no sabemos si tendremos la oportunidad de hacerlo más adelante.